lunes, 26 de septiembre de 2011

Reportaje de la XVII Conferencia anual de las iglesias de Duque de Sesto y Trafalgar. (1.963)

Reseñamos un extracto de la noticia aparecida en la revista “Edificación Cristiana” (Oct-Dic. de 1.963) sobre estas “históricas” conferencias:

“... Para aquellos que no pudieron estar con nosotros, diremos que este año hemos “batido” todas las marcas de asistencia... ¿Cuál era el ambiente de apertura? Nos preguntamos ahora que vemos las reuniones ya terminadas... Podemos asegurar que en todos había un profundo y sincero deseo de que el Señor fuese honrado y alabado or su pueblo allí reunido, a la par que todos edificados para sentir en nuestras vidas el tema general de nuestra Conferencia...
Mirando hacia atrás, y en justo reconocimiento de su servicio al Señor, tuvimos que hacer mención de aquellos que nos han precedido en el camino de la fe y que en Conferencias anteriores estaban con nosotros, don Juan Biffen, señor Casado, don Mariano S. León, y al contemplar la mies y considerar sus necesidades, sólo pudimos decir como Pedro: “Señor, tú conoces todas las cosas...”
Las sesiones de la Conferencia estaban divididas cada día de manera que tuviésemos, en primer lugar, en cuanto a los cultos de la tarde se refiere, una palabra de saludo y breve reportaje de uno de los hermanos visitantes, seguida después por la exposición del mensaje del Evangelio para las almas inconversas, finalizando después con meditaciones de ministerio de la palabra sobre aspectos prácticos de vida Cristiana Victoriosa.
Por la mañana, el rico manjar de los Estudios Bíblicos, con los sencillos temas de SACERDOTES, REYES y EMBAJADORES, que nos llevaron a las profundidades de la Palabra, poniendo ante nosotros aspectos tan sublimes de lo que somos y seremos por la gracia de Dios obrada a nuestro favor en Jesucristo, los cuales fueron desarrollados por los siervos de Dios, señores Bermejo, Trenchard y Pujol, respectivamente.
El Evangelio se proclamó con claridad manifiesta, oímos su sonido dulce que evocaba en nosotros aquel día cuando llegó a nuestros corazones y aceptamos a Jesús como nuestro personal Salvador. La semilla fue sembrada. ¿En qué proporción será el fruto...? Dios lo sabe.
La palabra de ministerio para los creyentes corrió con agilidad y apenas sin percibirlo la sentíamos dentro de nosotros, obrando en nuestras vidas, mostrándonos con sutileza el camino que debemos seguir para poder alcanzar esa victoria que ya está ganada por Jesús y que es nuestra en la medida de nuestra VIDA REAL CON CRISTO. Los siervos señores Guerola, Federico, Wickham y Puente nos llevaron sobre los temas DEDICACIÓN, SEPARACIÓN, SANTIFICACIÓN y REPRODUCCIÓN, respectivamente.
El día 12 por la mañana celebramos la Reunión Especial de la Juventud, con la participación del elemento joven, en plena actividad durante los días de conferencia, que nos reclamaron para sí un día. Aparte de la intervención de los cuartetos, coros, la parte principal fue a cargo de nuestro hermano Ernesto Trenchard...
... El domingo, día 13, en el Culto de Comunión, en la Capilla “literalmente abarrotada”, adoramos y bendecimos a nuestro Dios, recordando la Obra de expiación de Jesús a nuestro favor en la Cruz del Calvario, seguido de una palabra de fiel siervo de Dios don Edmundo Woodford.
Por la tarde, la tradicional Reunión de Reportajes, donde en poco más de dos horas tuvimos que recorrer la geografía hispana y tratar de conocer algo de la Obra en otros lugares... Todos sentimos en nuestros corazones la gran necesidad, “la mies es mucha”, y de cada uno y de todos en general salió un ferviente clamor y petición –“SEÑOR, ENVÍA OBREROS A TU MIES”- Por unos instantes hemos logrado salir de nuestra región y sentirnos más españoles al compartir con el norte y con el sur sus problemas, con el este y el oeste sus inquietudes y las hemos hecho nuestras. ¡Así sea y que perdure por mucho tiempo este sentimiento!
En las reuniones matutinas de Ancianos y Obreros el Señor ayudó frente a todos los temas tocados, básicos para la vida del pueblo de Dios, y nos hizo ver la gran necesidad de “volver a las fuentes” para sacar de allí el “agua viva” para nutrir y dar vida al pueblo de Dios, y el sentir de todos los reunidos, viendo la responsabilidad de cuidar del Pueblo de Dios, lo podemos resumir en las palabra de Salomón en 1º de Reyes 3:9 “Da, pues, a tu siervo corazón entendido para gobernar a su pueblo, para discernir entre lo bueno y lo malo...”
Han sido días ricos en bendiciones de Señor, saboreando la bondad del Señor para con su pueblo, y al tiempo que miramos hacia atrás también fijamos la mirada en otro año, por si en su voluntad podemos llegar a él y tener otra nueva experiencia.
¡Tú, Señor, para siempre eres Altísimo!”


Fdo.- Luis Roldán

lunes, 19 de septiembre de 2011

En memoria de don Mariano San León. (1.898 – 1.963)

“En estos momentos en que hemos de coger la pluma para recordar al fiel hermano y querido amigo, escritor castizo y poeta cristiano, artista y maestro, evangelista y doctor de la Palabra divina, acuden a mi memoria aquellos versos del también poeta vallisoletano: “... que toda vida es sueño –y, los sueños, sueños son”.
¿No seremos víctimas de horrible pesadilla? ¿Es posible que haya desaparecido el entrañable Mariano? Así ha sido.
“Jehová dio, Jehová quitó: Sea el nombre de Jehová bendito”.”No os entristezcáis como los que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en Él”. “Estimada es en los ojos de Jehová la muerte de sus santos.” Cuando “el vivir es Cristo, el morir es ganancia”. “Estar con Cristo es mucho mejor.”

A raíz de mi conversión –verano de 1.919- hice una visita a Valladolid. Buscando la Capilla Evangélica di con D. Federico Gray, quien me puso en contacto con Juan, hermano de don Mariano, a quien me llevó a visitar, pues se hallaba enfermo. Hice amistad familiar con ellos, que el tiempo sólo ha conseguido acrecentar. Su casa fue nuestra casa; la nuestra, fue la suya. En nuestra casa pasó, con su también finada esposa, la luna de miel.
Corazón joven hasta el fin de sus días, nunca le vi apartarse de los caminos del Señor. Pasó por pruebas duras, pero las superó mirando a Jesús, el tierno y amado Salvador, a lo invisible, como Abraham. Sabía que Él puede ocultar cielos distantes, pero que nunca falta Su oportuna ayuda.
Educado en los Colegios Evangélicos, juntamente con sus hermanos María y Juan, allí conocieron el Evangelio y fueron convertidos, viniendo Mariano a ser en seguida fiel colaborador de los misioneros Sres. Gray, para lo cual adquirió el título de Maestro de Primera Enseñanza.
En los colegios y en la iglesia fue un verdadero puntal. Si había que aguantar tempestades allí estaba él. Si se necesitaba remar con los demás, remaba. Era persona en quien D. Federico y Dª Florencia sabían que podían confiar.
Al lado de los Sres. Gray se formó intelectual y espiritualmente. Con ellos se encariñó con nuestra cultura tanto artística como literaria, de la cual eran francos admiradores. Nuestra cultura, tan influenciada por el Evangelio en aquel Siglo de Oro, al que Azorín llamó “Una hora de España” y no más a causa de la intolerancia religiosa. Mariano lo sabía bien. Había andado en las huellas de aquellos mártires de la Inquisición que en su ciudad sellaron su fe con su sangre. “¡Huellas amadas!” creo que era el título de una obra en proyecto. De ellos adquirió una visión mundial del Campo Misionero. Con Dª Florencia trabajó en el estudio del gran Evangelista Pablo Kanamori, por un periodo de su vida anquilosado por el Modernismo, y de Pandita Ramabi, la noble cristiana hindúe. Algo escribió sobre ellos, no recuerdo si en “El joven cristiano”, una de cuyas portadas también dibujó.
Su formación la puso al servicio del Evangelio lo mismo si cogía el pincel que si empuñaba la pluma o hacía uso de la palabra.
Nos regaló un texto bíblico como recuerdo de boda, que revela lo que era capaz de hacer. Otros muchos hizo que son un alarde de buen gusto y de expresión evangélica. Pero muchos más ejecutaron, bajo su dirección, su millares de alumnos, llevando así un rayo de luz, un mensaje del amor de Dios a otros tantos hogares, donde habrán hecho incalculable bien.
¿Qué diremos de su pluma? Sus cartas, sus artículos –tanto los publicados con su firma como con seudónimo “León Herrezuelo” –y, sobre todo, sus himnos y poesías, estamos seguros de que un día se recogerán, y, debidamente ordenados, se publicarán para bien del Evangelio. Con D. Federico Gray colaboró en la selección y adaptación de nuestro actual Himnario Evangélico, que tanto éxito ha tenido. Él dibujó la portada de nuestro Almanaque Evangélico “Luz y Vida” y mucho del texto suyo fue, pues colaboraba donde se le solicitaba siempre que fuese cuestión del Evangelio.
Los Colegios Evangélicos hubieron de cerrarse al estallar la Guerra Civil. Poco después se le encomendó a la Obra. Para mí fue una mera fórmula porque la obra la venía haciendo desde más de treinta años atrás, ayudando consagradamente a D. Federico y Dª Florencia, tanto en los Colegios como en toda la labor de la Iglesia y en la evangelización.
Como Obrero evangélico deja un hueco difícil de llenar y una pauta a seguir. Detestó el “profesionalismo” pastoral. Pensaba que el obrero había de hacer la obra de evangelista y, si se quiere, la de maestro itinerante. Su parroquia abarcó a toda España. Su visión del Campo, al mundo entero. La labor de cada día, pensaba él, debe ser realizada por los ancianos y diáconos de la iglesia.
Cuando en septiembre estuvo por última vez en León fue de regreso de una gira por Galicia, tras atender las Clases Bíblicas de Villar, donde deja un puesto bien difícil de llenar.
En las conferencias Anuales de Madrid, igual que en las de Barcelona, su colaboración se había hecho imprescindible, y se veía que era fruto de escudriñar continuamente la Palabra de Dios y dialogar y pelear con Él en oración.

Los obreros se relevan, la Obra permanece.
¡Señor!: Te damos la gracias por la labor del siervo que tuvimos entre nosotros y a quien Tú promoviste a un servicio superior, pidiéndote que suscites a quien haya de ocupar su puesto. ¡La mies es tanta!...”


Fdo. Audelino G. Villa
(Revista “Edificación Cristiana”, marzo-abril de 1.963)

lunes, 12 de septiembre de 2011

Doña Adelaida Turrall está con el Señor. (1.868-1.960): “Una madre en Israel”

Doña Adelaida Turrall, que fue llamada a su Hogar celestial el día 27 de diciembre de 1.960, bien mereció esta hermosa calificación aplicada a Débora en Jueces 5:7. Durante 71 años sirvió al Señor en España, pasando 60 de ellos en la compañía de su difunto esposo, don Enrique Turrall, de feliz memoria. El matrimonio tuvo sólo una hijita, que murió a los pocos meses de nacer, pero los siervos del Señor consideraron como “hijos” suyos los hermanos y hermanas de varias generaciones en la iglesia de Marín que se habían entregado al Señor durante el curso de su ministerio. Doña Adelaida tenía una aptitud especial para llevar a personas interesadas a una decisión personal, fijándose siempre en quienes se habían conmovido por la Palabra durante los cultos. Luego cuidaba como verdadera madre de los “niños espirituales” durante el desarrollo de su nueva vida.
La sra. de Turrall nació en Birmingham, Inglaterra, el día 14 de febrero de 1.868, y desde muy joven se dedicó al Señor. Antes de cumplir veinte años, los Ancianos de su asamblea le pidieron que se encargase de la clase bíblica para las jóvenes, y en el año 1.889 fue encomendada a la obra misionera en España. Primeramente colaboró con los señores Payne en la Iglesia de Gracia, Barcelona, y pronto pudo tomar a su cargo la clase mayor de las jóvenes, de las cuales varias llegaron a convertirse y ser bautizadas.
Don Enrique Turrall había de ir a Vigo, pero antes pasó una temporada en Madrid, y creo que fue allí donde se encontraron los futuros esposos, y se prometieron, hallando la expresión bíblica de sus anhelos en los textos: “Engrandeced a Jehová conmigo...” “Ensalcemos su Nombre a una...”, textos que después adornaron las paredes de su comedor.
Se casaron en el año 1.892, y el año siguiente formaron su hogar en Monforte de Lemos, un centro que prometía bastante en aquellos días, y desde donde extendieron su ministerio a varios pueblos de la comarca.
En 1.897 fueron llamados a Vigo, donde establecieron una verdadera “escuela de los profetas” en la calle Carral, recibiendo y preparando a jóvenes encomendados a la Obra. Todos sus “discípulos” de aquellos días llegaron a destacarse en la Obra del Señor, ya en América, ya en España.
En el año 1.900, los señores Turrall se trasladaron a Marín, que llegó a ser su base hasta su llamamiento al Cielo, aparte unos años, desde 1.904 a 1.907, cuando viajaron bastante por el país, prestando ayuda donde se necesitaba.
En Marín, los destacados dones del señor Turrall en el pastoreo y en la enseñanza bíblica fueron medios para establecer una iglesia numerosa y fuerte. Doña Adelaida halló su esfera especial en la clase bíblica, que llevó por 40 años, y en las visitas a las hermanas. Durante un corto periodo estableció un dispensario con la ayuda de doña Alicia Condé, y se gozaba mucho en prestar su ayuda a su marido cuando éste extendía sus operaciones a puntos como Villar y Moraña. Muchas de las mujeres de tales sitios se acuerdan aún de la bendición que recibieron por medio de su celo y fidelidad.
Cuando iban faltando las fuerzas físicas, se dio más aún a la oración y al estudio de la Palabra, y durante las últimas semanas de su vida, temiendo que quizá no podría leer la Biblia siempre, se dedicó a aprender más textos de memoria, para poderlos meditar y luego pasar a otros el beneficio recibido. Sin duda las bendiciones recibidas en Marín deben mucho a sus intercesiones, ya que solía orar sistemáticamente por todas las familias evangélicas. Entre éstas sus últimas preguntas a don Isaac Campelo: “¿Se ha convertido el joven X? ¿Qué tal sigue espiritualmente el hermano Y?”.
Durante una de sus vacaciones en Inglaterra puso delante de dos jóvenes, que ya se sentían llamados a una obra especial por el Señor, las necesidades de España, y de estas conversaciones, directa o indirectamente, surgieron los llamamientos definitivos a la Obra del Señor aquí, de don Juan Biffen, don Arturo Chapel y el que escribe.
El dolor de la pérdida en presencia física de su querido esposo en el mes de mayo de 1.953, no menguó su celo por la Obra de Dios en Marín, ni su amor por la amada iglesia.
La numerosa concurrencia al culto fúnebre, a cargo de don Isaac Campelo en la capilla, y al de don Cecilio Fernández en el cementerio, puso de manifiesto el respeto y el amor de los cuales gozaba nuestra hermana. Otra sierva del Señor ha ido a su reposo, bien recordada por sus “obras de amor”.

Edmundo Woodford
(Revista “Edificación Cristiana”, mayo de 1.961)

martes, 6 de septiembre de 2011

Un penoso vacío: El Señor ha llamado al querido don Juan. (1.893-1.960)

"La llamada a la Casa Celestial de nuestro amado don Juan Biffen ha dejado un penoso vacío, no sólo en los corazones de sus seres queridos y de sus muchos amigos, sino también en la Obra del Señor en toda España.
Nacido en Londres, y criado en el seno de una familia evangélica y misionera (pues dos de sus hermanas salieron a la obra en África), se convirtió jovencito y dedicó su tiempo libre a la predicación del Evangelio al aire libre. Se gozaba en salir en bicicleta los sábados, con un grupo de hermanos jóvenes, con el fin de evangelizar los pueblos cercanos. Se entusiasmaba además por los estudios misioneros que se llevaban a cabo en aquel entonces y fue en una conferencia misionera donde oyó el llamamiento del Señor para ir a España. Por el verano del año 1.919, doña Adelaida, esposa de don Enrique Turrall, de Marín, se hallaba en Inglaterra, sintiéndose muy preocupada por la necesidad de refuerzos para Galicia, ya que en diez años no había llegado ningún hermano para colaborar en la Obra. Sin conocer al joven al lado del cual estaba sentada a la mesa, fue guiada por el Señor a preguntarle si había pensado en España como campo de trabajo: pregunta que inició un periodo de meditación, que llevó a don Juan a creer que de veras Dios le había llamado a nuestro país. Pocos meses después, en circunstancias parecidas, habló con el que suscribe, que también le era desconocido, y al principio de 1.920 los dos “reclutas”, dando por cierto que Dios nos llamaba, nos hallábamos en Marín ocupados en aprender el idioma –y tantas otras cosas- por la palabra y el ejemplo del veterano y tan dotado siervo de Dios, don Enrique Turral. Pronto después se juntó con nosotros don Arturo Chappel, de tal feliz memoria, para ocuparse de la Obra en Marín y sus alrededores. Don Juan se casó al fin de aquel año, y en 1.921 se trasladó con doña Margarita a Gijón, donde recogió a bastantes hermanos esparcidos y edificó la capilla, en 1.927. Quedó allí, pudiendo abrir puertas en varios pueblos, hasta el año 1.936 cuando, muy a pesar suyo, tuvo que salir con los suyos de una zona de peligro, pasando a Inglaterra.
Con el pensamiento fijo siempre en España, de acuerdo con don Ernesto Trenchard y otros hermanos, hizo planes para hospedar en “Moorlands” en Inglaterra a bastantes hermanas con sus hijos que tuvieron que salir de España a causa de la guerra. En el año 1.939 volvió a su casa y obra en Asturias, pero pronto sintió la llamada del Señor a Madrid. La antigua capilla en calle Trafalgar estaba en peligro de derrumbarse, y con el apoyo moral y la ayuda económica de don Germán Sautter, emprendió la imponente tarea de levantar el edificio actual. Como hombre de fe que era, no vaciló ante las grandes responsabilidades, ni ante las dudas de bastantes hermanos, y es gracias a su esfuerzo y empeño que la iglesia de la calle Trafalgar debe su amplia y hermosa capilla, inaugurada en el año 1.947. Podría decir, como Wren, el arquitecto de la Catedral de San Pablo, en Londres: “Si queréis monumento, mirad alrededor”.
En sus primeros tiempos en España, hizo un recorrido por el Sur antes de llegar a Galicia, y nunca perdió su interés por aquella zona. Durante la última parte de su vida fue su constante afán visitar y aconsejar aquellos grupos que se habían quedado sin obreros. Desde Cartagena hasta Huelva se interesó en la adquisición de capillas, animando a la vez a las iglesias por sus sanos consejos. No descuidó la obra en Madrid, y por sus muchas salidas los hermanos aprendieron a desarrollar sus dones y sentir mayor responsabilidad propia. El Señor bendijo mucho la Obra en la capital entre jóvenes y mayores, y él quedará “siempre recordado por lo que ha hecho”, con la colaboración de todos los hermanos que le amaban.
Al final de la guerra mundial nos hallamos juntos en Vigo, ya que se realizaba un viaje especial con autoridad para abrir varias capillas cerradas. “Me llaman Juan –dijo-, pero debieron llamarme Pedro, porque tengo las llaves.”
En su último viaje a su país descansó poco, dedicándose a abogar por varios fondos especiales para el adelanto de la Obra, y despertar interés en ella. Se sentía lleno de salud hasta seis semanas antes del fin de su carrera, y seguía incansable en su ministerio hasta que de repente se descubrió en su esófago el cáncer que dio fin a su vida antes de ser posible ninguna intervención quirúrgica.
Su viuda cuenta un rasgo característico de él en el hospital. En una de las camas de la sala se hallaba un jovencito gravemente enfermo, y al ver a don Juan leer su Biblia le rogó encarecidamente que le enseñase a orar, ya que temía morir. Arrodillado al lado de su cama, él tuvo la satisfacción de llevar al joven a Cristo, y éste, a los pocos días, murió confiado y feliz: la última alma, de las muchas que le darán las gracias en las “moradas eternas” por su testimonio fiel.
Sí; ha dejado un vacío que difícilmente se puede llenar, pero el Señor sigue preguntando: “¿A quién enviaré? Y ¿quién irá por nosotros?” “¿No habrá quien diga: “Heme aquí; envíame a mí?"



Edmundo Woodford


(Revista “Edificación Cristiana”, enero de 1.961)

martes, 30 de agosto de 2011

Erich Sauer, enseñador de las iglesias. (1.898-1.959)




Los libros de Erich Sauer han sido de mucha bendición a lo largo de los años y tienen su sitio en el Archivo Histórico. Como es muy difícil encontrar datos biográficos de este teólogo y escritor (más aún en español) insertamos a continuación una reseña que se publicó en la revista "Edificación Cristiana" en octubre de 1.959 con motivo de su fallecimiento:





(Publicamos a continuación el testimonio que da nuestro hermano Herr Ernest Schrupp, de Wiedenest, de quien fue su amigo y colega por muchos años, el conocido enseñador bíblico Erich Sauer, ya con el Señor.)

“El día 31 de diciembre de 1.958, Erich Sauer había cumplido los sesenta años, y dos meses más tarde, el día 25 de febrero de 1.959, el Señor le llamó a su presencia. La vida de Sauer es un testimonio elocuente de lo que la gracia de Dios puede hacer en la vida de un hombre que abre su corazón libremente a su poderosa operación.
Según su propio testimonio, el texto “Te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos”, que le citó un hermano en su juventud, llegó a ser de manera especial el norte de su vida. Anteriormente había sentido profundamente la influencia de su madre, a quien siempre recordaba con honda gratitud, y el desarrollo de la vida interior del hijo se relacionaba íntimamente con la de la madre. Ella era miembro de la “Fraternidad cristiana” que se reunía en el Hohenstaufenstrasse de Berlín, siendo esta asamblea la que patrocinaba la formación de la Escuela Bíblica en 1.905: institución que luego se trasladó a Wiedenest en 1.919. Muchos destacados siervos de Dios, de varios sectores de la verdadera Iglesia; entraban y salían durante unos años de bendición y de avivamiento, y sus personalidades y ministerio dejaban honda huella en el alma tanto de la madre como del hijo, quienes nunca se olvidaron del lema esculpido en la Sala: “Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”. Al mismo tiempo las visitas de muchos misioneros despertaron en ellos un profundo interés en la obra misionera.
Erich Sauer fue ayudado también por la Escuela Dominical, y un poco antes de cumplir catorce años, entregó su vida al Señor. Desde aquel momento crucial dedicó su vida al estudio bíblico intensivo, asistía con entusiasmo a los cultos, y empezaba a dar un claro testimonio en el colegio, en la calle y en la asamblea. Un poco después de su conversión, al escuchar unos informes dados por un misionero procedente de China, se sintió llamado a servir al Señor de forma especial, y, a pesar de muchos conflictos interiores después de aquel momento, nunca perdió de vista este llamamiento. Asistía al Instituto de segunda enseñanza, y más tarde siguió sus estudios en Historia, Inglés y Teología en la Universidad de Berlín. Siempre agradecía los sacrificios de su padre, quien, a pesar de su exiguo salario, hizo posible que su hijo tuviera tales privilegios culturales.
Al cursar estudios filosóficos en la Universidad el joven Sauer pasó por una crisis aguda, durante la cual le entraban dudas sobre si era posible a no saber algo de Dios; pero reaccionó pronto, comprendiendo que sus dudas surgían más bien del descuido de la oración y de la comunión con el Señor. Llegó a entender por aquella experiencia que Dios no puede conocerse por la inteligencia, sino por la experiencia vivida de la fe. Después, en toda su vida, tuvo un concepto pobre de toda especulación humana y subrayó la necesidad de quedar dentro de la revelación divina, con absoluta sumisión a las Sagradas Escrituras. Así rechazaba definitivamente toda crítica negativa de la Biblia –aun moderada- bien que nadie podía acusarle de oscurantismo, pues sabía que la Fe no tiene nada que temer de la investigación honrada, ni de la verdadera ciencia: que viene a ser el tema del último libro que escribió.
Por aquellos años pasó por otra crisis que había de ejercer una influencia profunda en toda su vida. De niño ya se daba en él una gran debilidad de vista y un miopía acentuada. Al llegar a la edad de trece años un oculista aconsejó a sus padres que de manera alguna le habían de destinar trabajos que dependían principalmente de leer y escribir, recomendando más bien que fuera jardinero pero Dios le tenía destinado un cometido muy diferente. Empezó sus estudios en la Universidad de Berlín a la edad de dieciocho años, pero en el primer años, como también en el cuarto, sufrió una grave hemorragia de la retina, que exigía un periodo extendido de descanso en oscuridad absoluta. Al saber que le habían recomendado una temporada en el campo, Johannes Warms, director de la Escuela Bíblica de Wiedenest, le invitó a pasarla allí. Eso fue en el año 1.920 y determinó todo el curso de su vida, pues en Wiedenest Erich Sauer halló su esfera de trabajo durante treinta y nueve años. ¡Difícil sería estimar cuánta lectura, cuánto estudio intensivo, cuánto redactar ocupaban aquellos años! Además de la obra constante de enseñanza, emprendía numerosos viajes, tanto en Alemania como en el extranjero, y todo eso se realizaba con una vista tan deficiente que en todo momento tenía que sentir su absoluta dependencia del Señor. He aquí un testimonio muy especial de la gracia de Dios que Erich Sauer dio a su generación.
En el año 1.931 vio la luz su primer libro, “El propósito y la meta de la creación del hombre”. En 1.937 aparecieron los dos tomos que se han hecho célebres en amplios círculos del campo evangélico en distintos países: “La Aurora de la Redención mundial” y “El triunfo del crucificado”, formando los dos una notable presentación de la historia de la Redención en los dos Testamentos. En el año 1.938 publicó “La nobleza del hombre”, en 1.953 “En la arena de la fe”, y en 1.955 “Desde la Eternidad hasta la Eternidad”. Varios de estos libros han sido traducidos al inglés, sueco, noruego, holandés y japonés, y hasta en las lenguas africanas, el duala y el hausa. Se preparan traducciones también en francés y español. (Nota del traductor: “El triunfo del crucificado” están imprimiéndose en México). Más de 220.000 ejemplares en total de estos libros han sido publicados, de modo que Erich Sauer no sólo ha enseñado a sus estudiantes en Wiedenest y a muchísimos creyentes por medio de sus mensajes en un gran número de asambleas y conferencias, sino que también su enseñanza ha llegado y llegará a un amplio círculo de los hijos de Dios en su forma escrita, siendo de ayuda especial para quienes ministran la Palabra.
El ministerio y la guía de Erich Sauer fueron muy bendecidos entre las asambleas de Alemania, pero no era nada sectario, y durante años prestaba su ayuda en el comité de la “Alianza” y “Conferencia” de Blankenburg, que corresponde a la Alianza Evangélica y la Convención de Keswick. Sobre todo se esforzaba por mantener una exacta perspectiva, en la que Jesucristo mismo era el único Centro. Por eso su ministerio irradiaba la luz y el gozo de las Escrituras.
Después de pasar Johannes Warms a la presencia del Señor en el año 1.937, Erich Sauer dirigía los estudios bíblicos en Wiedenest, siendo siempre para sus colegas y estudiantes un amigo paternal. Durante más de diez años ha sido mi privilegio cooperar con Erich Sauer en íntima comunión, y puedo testificar que si bien su inteligencia era notable, mayor aún era su corazón. Todo lo ponía a la disposición del Señor, y como rasgos especialmente destacados de su carácter he de mencionar su franqueza y sencillez de espíritu. Al mismo tiempo formaba pronto un criterio exacto frente a diversas situaciones y personas, lo que no impedía que irradiara siempre un ambiente amistoso, pues nadie se sentía cohibido en su presencia.
Su vida de familia fue muy bendecida, y su esposa, hija de Cristoph Koheler, el primer director de Wiedenest, era su colaborador en todo, supliendo en gran parte su vista defectuosa. Ella, la única hija Ursula y su única hermana, que tanto le ayudó hasta el fin, guardarán siempre el recuerdo de su vida radiante en el hogar.
A pesar de la dificultad de la vista, y, últimamente una enfermedad del corazón, pudo servir al Señor hasta el final de su vida. Por fin se presentó un ataque cardiaco particularmente agudo, y, de la manera considerada y afectuosa que le era habitual consolaba a su esposa e hija diciendo: “Aún si el fin viniera muy repentinamente, el Señor hace bien todas las cosas”. Fueron su última palabras, y momentos después estaba con el Señor. Ahora puede ver con perfecta claridad al Maestro que proclamaba siempre con tanto fruición y vigor. Pero nosotros echaremos mucho de menos a nuestro hermano, amigo y enseñador. ¡Que el Señor nos ayude a administrar fielmente y pasar a otros lo que nosotros hemos recibido por medio de él”

lunes, 8 de agosto de 2011

Últimas noticias de D. Gabriel Sánchez. (Marzo de 1.936)



Quizá esta fue una de las últimas noticias que D. Gabriel pudo enviar sobre la obra en Navaluenga, donde un 4 de octubre de 1.936 sería asesinado por su fe en Cristo...


“... En Nochebuena (1.935) tuvimos una gran concurrencia que llegaría a 400 almas. Las niñas y hasta jóvenes de dieciséis y dieciocho años recitaron poesías. Habían aprendido su papel tan bien en unos ocho días que fueron muy aplaudidas. El día 6 de enero fue fiesta también y se repitió la fiesta con otras historias y canciones diferentes con himnos propios de Navidad. La gente acudió en proporción aun mayor que la vez anterior, quedando el auditorio muy bien impresionado.
Las reuniones en general siguen tan animadas, que es necesario pensar en preparar algún esfuerzo especial para llevar las almas a una decisión.
Nota: a fecha posterior los señores Miñambres y Saguar, de la congregación de Trafalgar (Madrid), han visitado Navaluenga, celebrándose reuniones con mucha animación."


(Revista “El joven cristiano”, marzo de 1.936)

lunes, 1 de agosto de 2011

Crisis y oportunidad. (Febrero de 1.936)

Empezamos a recorrer el año 1.936 a través de la revista “El joven cristiano” y nos encontramos con una editorial que ya vislumbraba los problemas que se avecinaban en España...

(Salmo 115:9, Jer. 30:6)


“En los graves problemas que se presentan en todos los órdenes de la vida en los días que corremos, el cristiano tiene que enfrentarse con su crisis más aguda, y con su mayor oportunidad. Dentro de breves días hemos de ver celebrarse las elecciones generales, y bien pocos son los que no se dan cuentan de los delicado del trance y de las transcendentales consecuencias que pueden resultar de lo que se verifique en ellas. Una sociedad cristiana tiene que creer o no creer una de las dos cosas forzosamente –que Dios puede y desea salvarla de los peligros que amenazan su paz y prosperidad con una completa desintegración o que no puede hacerlo. Tenemos que aceptar o rechazar la Palabra de Dios. O Cristo tiene algo que podemos ofrecer al país como remedio para su caos, o el cristianismo es una farsa.
Nos conviene dar frente a esta cuestión y a las implicaciones de nuestra actitud con respecto a ella. Si dudamos del poder del Salvador o le limitamos, digámoslo y no nos llamemos más cristianos, y si le aceptamos como tal Salvador del individuo, la familia y la nación, ¿estaremos dispuestos a seguirle sin demora ni reserva de ninguna clase?
No es un asunto de fantásticas teorías; no hay duda de que podemos confiar en nuestro Dios y solamente en él deben estar depositadas nuestra confianza y esperanza, pues Él es capaz de enviarnos luz en las tinieblas y sacarnos de los múltiples males que nos acechan.
Todos los problemas tienen su raíz en uno que es esencialmente espiritual. Ni el gobierno, cualquiera que sea, ni la legislación, buena o mala, pueden producir los cambios y mejoras que tanta falta hace que veamos venir.
Volviendo a las primeras causas, encontramos que el mal a que el mundo debe todos sus males, su sufrir y llorar, todos los problemas que le conducen a la desesperación, está en el corazón del hombre. El gran mal universal es el egoísmo, y es aquí donde tenemos que empezar con el remedio. La conquista de sí mismo es por obligación la primera labor del hombre, y el que capaz de cambiar a una sola persona puede hacerlo en una nación entera. La victoria de un individuo es el primer paso hacia la victoria del grupo, de la iglesia, de la comunidad. Una comunidad bajo la dirección de Cristo sabrá influenciar a una ciudad, una ciudad afectará a otras y todas las provincias, con nuevos horizontes y aspiraciones, depositarán el poder en hombros de Aquel cuyo nombre es “Maravilloso, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”. ¡Qué grandioso es el plan! ¡Qué hermosa la aurora del glorioso día cuando sea en efecto así! Ya nos parece oír la voz del Señor que dice: “Haré temblar a todas las gentes, y vendrá el Deseado de todas las gentes”. (Hageo 2:7)
En estos días, la primera obligación de todo cristiano verdadero es orar como nunca antes haya orado. La oración cambia las cosas, y más se hace por la oración de lo que el mundo se imagina. Si todos los hijos de Dios en todas las iglesias se dedicasen a orar ferviente y constantemente, estaríamos ya pisando caminos conducentes a mayor paz, tranquilidad y buena voluntad entre los hombres, y veríamos grandes días venir sobre el país. Tenemos inmensos recursos a que acudir, hay inmensas reservas de buena voluntad en nuestro Dios y la plata y el oro son suyos. Pero nos hace falta la fe primitiva y el espíritu de alegre servicio para que en realidad seamos patriotas de la única manera en que se nos permite ayudar en estos conflictos estando en el mundo, pero no perteneciendo a él. De esta manera serán reedificados los lugares desolados, y las dichas que tanto necesitamos y anhelamos serán realidades. Entonces seremos digno de ser llamados “reparadores de portillos y restauradores de calzadas para habitar” (Is. 58:12)
A nuestras rodillas, queridos hermanos, en la presencia de Dios en estos días, y en una verdadera humillación y contrición por nuestros pecados y los de la nación, implorando que Él cambie el corazón egoísta en un espíritu de altruismo sincero y grandioso, en amor hacia Él y su santa Palabra para cumplirla, con el fin de que sean evitados acontecimientos sanguinarios y violentos, y que con tranquilidad y equidad gobiernen “los que están en eminencia para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1ª Tim 2:2).
Algunos de los que nos leen no tendrán dudas en relacionar el significado profundo de los peligros y problemas actuales con una visitación providencial; pero después de la noche viene la aurora con la manifestación de la gloria de Cristo, y por esto oramos: “Venga tu reino”.

(Editorial de la revista “El joven cristiano”, núm. 86, Febrero de 1.936)